Antiguamente para saber la cantidad de sal adecuada se empleaba un huevo fresco con su
cáscara que se introducía en el agua. Se iba añadiendo sal y removiéndo con cuchara de palo para que se disolviera hasta que el huevo comenzaba a flotar y asomaba su extremo por encima del agua aproximadamente como una moneda. Esto significaba que la mezcla ya estaba a punto; entonces se retiraba el huevo.

